A propósito del tiempo que estamos viviendo hoy en el mundo, es conveniente traer a la memoria las historias de las epidemias que han azotado a la humanidad en los últimos tiempos, y sobre todo con qué tipo de enfermedades le ha tocado lidiar a los habitantes de la cuidad de Antioquia.

A lo largo de la historia, la humanidad ha estado expuesta a toda clase de pestes y pandemias que han cobrado miles de vidas.

En los últimos cinco siglos y en diferentes regiones del mundo han aparecido virus y enfermedades como la viruela, la peste bubónica, la peste rusa, el cólera, la fiebre amarilla, la gripe española, la gripe asiática, la gripe de Hong Kong, el VIH/sida, el Sars, y la gripe porcina conocida como la gripe H1N1.

Conocida es en Colombia la devastadora epidemia de la gripe española de 1918, que en ciudades y departamentos como Boyacá dejó en ese año un saldo de 2.800 muertos. Se estima que entre 1918-1919, esta pandemia en el mundo causó la mayor mortalidad, pues dejó entre 20 y 50 millones de personas fallecidas en menos de un año.

Además se recuerda que en esa época, a causa de esa peste, un hijo del entonces Presidente de la República Marco Fidel Suárez perdió la vida. La historia registra que él no sólo enfrentó la crisis de esa pandemia siendo Presidente, sino que en ella perdió a su único hijo varón, Gabriel, cuando éste era estudiante en los Estados Unidos, hecho que afectó severamente al Presidente Suárez.

Centrándonos en Santa Fe de Antioquia, el historiador Juan Guillermo Toro Martínez, miembro del Centro de Historia de la Ciudad Madre, trae a cuento las epidemias que han padecido los habitantes de la Ciudad Madre en los últimos dos siglos.

En el blog del Centro de Historia, Toro Martínez se apoya para este apunte histórico en periódicos que circulaban en la ciudad a finales del siglo 19.

Al respecto dice: “Rebujando en los periódicos que se publicaban en la ciudad de Antioquia en ese siglo, encontramos dos casos de epidemias locales. El primer caso ocurrió en agosto de 1.885 como lo cuenta el periódico El Monitor que se circuló en la ciudad de Antioquia entre 1.885 y 1.892; en ese medio impreso se cuenta de una epidemia de colera que se presentó en la Ciudad Madre.

El autor del articulo se atreve incluso a determinar la causa de la plaga en el desaseo de la ciudad. La noticia decía así: “Vuelve la fiebre intermitente a establecer sus reales entre nosotros, y a no dejar descansar después de terminada la guerra. Acabada la langosta y su hija el hambre, sin duda hay una causa general que favorece la propagación de esta enfermedad, especialmente en los climas cálidos como lo enseña la experiencia.

Pero hay también multitud de causas locales que no solo favorecen, sino que también producen la peste. Mucho es el desaseo que reina en las calles y casas; la fuente pública trae por toneladas sustancias corrompidas que dejan depositadas en los baños, acueductos y sobre todo en los estómagos. Los víveres se dan al consumo en malísimo estado. El maldito licor que se consume es un veneno que tomamos con gusto. Las habitaciones no tienen suficiente ventilación, y si la tienen se cierran para que el aire no entre.
La vagancia con su cortejo de vicios, y creemos que hasta la actual política, tiene parte en esto. Hoy se ha publicado un decreto de Policía que alabamos con todas nuestras fuerzas porque contiene disposiciones conducentes a corregir tantas faltas. ¡Ahh…si se cumpliera!”.

Le suena parecido a lo que vivimos hoy, ¡Ahh…si se cumpliera la cuarentena!.

LA EPIDEMIA DEL COLERIN

Sobre ese mismo caso, y en el mismo periódico hay un artículo del médico y sabio Dr. José María Martínez Pardo, quien en diciembre de 1885 publicó lo siguiente sobre esa epidemia que se presentó en la ciudad, a la que nuestros paisanos llamaron “Colerín” o Regeneración.

Esto es lo que cuenta el Dr. Martínez Pardo: “En el año que terminará pronto se presentó a fines de mayo, una diarrea acompañada de fiebres intermitentes de tipo terciarias con poca intensidad, y sin ofrecer nada que inspirara temores. Continuaron esas enfermedades en junio, ocurriendo el mayor número de casos de esas fiebres siempre benignas. Pero a finales del último, la diarrea tomó un carácter de malignidad; se acompañaba de vómitos continuos que duraban muchas horas, muchas de ellas con materia liquida y biliosa con sabor amargo las primeras, después insípidas.

Las evacuaciones como de cocción de arroz fétidas en unos casos, y maduras en otros, según la duración del ataque; éste por lo común terminaba a las 24 y 36 horas, prolongándose cuando se presentaban calambres en las extremidades. Algo de enfriamiento acompañaba tales síntomas. El pulso pequeño y por corta que fuera la enfermedad, la perdida de las fuerzas era notable, así como el enflaquecimiento y demacración del paciente. La enfermedad se denominó Colorín en el pueblo, haciendo alusión al acontecimiento político más notable en el día; se le llamaba Regeneración.

Pocas fueron las personas que en esta ciudad murieron por causa de la epidemia. No tenemos conocimiento de algún caso que se hubiera presentado en los niños, en los jóvenes y en los ancianos.

Fue peculiar, la epidemia tocó indistintamente a hombres y mujeres entre los 39 y los 60 años. Solo tenemos conocimiento de un caso en mujer, pasando de esta última edad con síntomas graves y terminación feliz”, anota el médico Martínez Pardo.

Como la pandemia de hoy, al parecer ésta no atacaba a los niños, pero a diferencia del Coronavirus, tampoco atacaba a los ancianos. ¿Cuáles fueron las causas de esa epidemia?
El Dr. Martínez Pardo pone los puntos sobre las íes. Al respecto dice: “Siempre que se presenta una epidemia se trata de averiguar la causa, y lo primero con lo que se tropieza es con la Policía. Se culpa a los encargados de este ramo por su abandono y descuido en lo que concierne al aseo y limpieza de las poblaciones, sin que ese descuido en general deje de ser grave”.

Pasada la epidemia de colera en la ciudad, seis meses después, ya en 1886, los habitantes de Antioquia se volvieron a pegar tremendo susto. En el mismo periódico, El Monitor, apareció suelto con una alarma que decía así:

“¡Alarma…! La disentería ha aparecido y hecho sus víctimas en la vecina ciudad de Sopetrán. La espada de Damocles está, pues, suspendida sobre nuestras cabezas. Nuestros hogares serán en breve las tumbas del vasto cementerio sobre el cual batirá sus alas el ángel del exterminio. Señores empleados de Policía. Estáis en guardia. Los amigos de la humanidad reclaman la instalación inmediata de las Juntas de Salubridad pública y de beneficencia”.

Alarma. Periódico El Monitor, impreso en la imprenta de la Diócesis”.

Pero no se crea que esto de las epidemias, o pandemias como la de ahora, es cosa nueva. En la revista Antioquia Histórica de junio de 2003, contaba nuestro compañero del Centro de Historia Francisco Luis Guisao Moreno lo siguiente: “la epidemia de viruela, cuyo primer ataque se produjo en 1.588 debió asolar a numerosas poblaciones, porque muy pocas supieron defenderse con el único medio de que entonces disponían, como son el aislamiento y la cuarentena”.
Como ven pues, esto de encerrarse cuando hay una epidemia, como la que vivimos en estos días, es un recurso que se usa hace bastante tiempo.

CRÉDITOS:
En la producción de este articulo se usó material publicado en el periódico El Monitor, al cual tuvimos acceso, gracias a las gestiones de Don Alonso Monsalve Gómez, un gran benefactor de la Ciudad de Antioquia.