En la historia de la emblemática estructura siempre se narra un episodio memorable que causó asombro entre quienes lo vivieron en su momento, tanto que desde hace más de un siglo hace parte de la tradición oral que ya es leyenda: la encerrona de una gran novillada que cruzó de lado a lado la estructura colgante para probar su firmeza y aguante. Aquí un ameno relato de ese momento glorioso sucedido una tarde de 1894, a propósito de la celebración de los 125 años de haberse inaugurado el puente, efemérides que se cumplirá el próximo 27 de diciembre.

Seis años después de que se iniciara la construcción de la vía al mar, la revista Cromos publicó en 1932 una imagen que daba cuenta del avance de la obra.

Por: Juan Guillermo Hoyos Gaviria MD, especial para El Occidental.
Presidente Corporación Cultural Frontino siglo XXI
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Con la construcción del túnel del Toyo vuelven a mi mente los recuerdos de los relatos de mi abuela sobre un personaje olvidado por los habitantes de Occidente y Urabá, Monseñor José Joaquín Arteaga, este frontineño, nacido en España como el mismo se denominaba, uno de los grandes propulsores de la Carretera al Mar, socio de Don Gonzalo Mejía Trujillo, otro de los grandes en la historia de la carretera.

Llegó a Urabá (1919) como prefecto apostólico, un cargo con poder espiritual, pero sin el manejo administrativo de un Obispo. Recorrió a Urabá palmo a palmo en medio de la selva, el paludismo y la fiebre amarilla, que hacían que los últimos pueblos de Antioquia fueran Frontino y Cañasgordas, ya que el que se atreviera a pasar al mar, generalmente moría en el intento; esa fue una de las razones para que la colonización antioqueña se expandiera por el sur hasta el norte del Valle y no hacía el Darién.

Y no solo era un sacerdote Carmelita Descalzo, también era un escritor y fruto de sus observaciones publica el libro “Historia Eclesiástica de Urabá” que le permitió ser nombrado (1924) miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia, además escribió la “Gramática y Diccionario Catíos” y numerosos artículos en revistas y periódicos.

Recorrió varias veces el Golfo de Urabá, naufragó varias veces en sus aguas, fundó escuelas, iglesias, centros de ayuda a los indígenas, estableciendo su residencia en “Punta de las Vacas” Turbo. Aunque no fuera su sede apostólica, uno de sus lugares preferidos era Frontino; lugar que visitaba con frecuencia y del cual se enamoró. Sus hermanos Carmelitas dirigían la parroquia de esta población y las hermanas Carmelitas Misioneras que el trajo desde España, habían fundado un convento donde se formaban religiosas de toda Colombia.

Fue además poeta y en su libro “Hacia la Altura” en una de sus composiciones “El Escudo de Frontino” (1921) deja plasmado su amor por esta tierra:

… Y ya en la cumbre, rutilante y bella,
titilando en los cielos una estrella,
como a los Magos me mostró un camino.
Y el ángel del Señor me dijo quedo,
señalando a lo lejos con el dedo:
“Esa es la redención, ese es Frontino”.
Y vi en Frontino el torreón alzado
como vigía puesto en la frontera:
de redención flotando una bandera
señalando al genio el rumbo deseado…

Su papel en la promoción de la carretera al mar fue fundamental y su trabajo le valió el cargo de Presidente Honorario de la Junta Propulsora, formando una poderosa opinión en favor de aquella grande obra. También recibió una tarjeta de oro de la Junta como: “testimonio de agradecimiento y admiración por sus abnegados y eficacísimos servicios en pro de la Empresa Redentora”, a la que contestó Monseñor Arteaga: “Resurge Antioquia, y baja al Mar, para que te engrandezcas con el contacto de las olas, y tomes parte en el banquete de la civilización mundial, tiendas tus brazos a otras naciones, ¡cooperando así a la fraternidad universal e inicies una era de prosperidad que te agradecerán tus descendientes!”

Días antes de su muerte pronunció en Medellín su Magna Alocución ante más de 20.000 personas, donde realizó un detallado análisis económico, social y de geopolítica sobre la importancia de la obra. Regresó a Frontino donde se agravó su enfermedad y falleció el 18 de mayo de 1926, luego de una corta y dolorosa agonía, víctima de complicaciones hepáticas de la malaria. Cumplía 7 años de fructífera labor en Urabá. Reiteró sus deseos de descansar eternamente en Frontino como lo había escrito en uno de sus versos:

“Llevadme hacia el Darién cuando sucumba!
Que proyecte la luz sobre mi tumba
la luna del Darién, casta y serena”.

Siendo uno de los pocos sacerdotes carmelitas cuyo sepulcro no se encuentra en Villa de Leyva como establece la tradición, sus restos descansan en un bello mausoleo en el cementerio de Frontino. Luego de su muerte se realizaron múltiples homenajes de reconocimiento; el Congreso de la República por Ley 19, del 6 de octubre de 1926, estableció la construcción de un bello monumento a la entrada del convento, que luego fue bárbaramente destruido para reformar la construcción, y del cual solo queda un artístico busto de Monseñor en la Casa de la Cultura.

La Asamblea Departamental de Antioquia por Ordenanza 18 de abril de 1927, establece editar la Corona Fúnebre del Ilustrísimo Sr. Arteaga, un auxilio para la construcción del mausoleo, y el nombre de Villa Arteaga para la primera población que se fundara en la ruta de la Carretera entre Medellín y el Golfo, la cual en la actualidad se ubica en el municipio de Mutatá.

Esperamos que en esta gran obra de la Carretera al Mar que continúa en ejecución, se rinda un merecido homenaje a Fray José Joaquín Arteaga de la Virgen del Carmen.

 

 

 

Aunque algunos lo desconozcan, en el río madre de los santafereños aún se puede pescar sabaletas, lisos, corronchos y hasta y doradas.

 

El título de este articulo nada tiene de retórico, rimbombante o ampuloso, aunque se puede correr el riesgo de escribir de manera subjetiva, y más aún cuando los que nos atrevemos a acometer poesía nos damos ciertas licencias con la metáfora.